lunes, 8 de agosto de 2016

Por no comprar el periódico

        Nada tiene un servidor contra el uso del periódico en el bar como elemento de información, distracción y entretenimiento. Al contrario, habida cuenta que entra dentro de mis costumbres el tenerlo como un derecho aparejado al pago de tomar un vino a mi salud. Hasta ahí, pues, nada que objetar, pero la extralimitación de tal derecho, es decir, su abuso es algo que me puede, que me enerva.
        Es lo que pasa con esos individuos que lo cogen de la barra como si fuera suyo, como si lo hubieran comprado, se lo llevan a su territorio y se ponen a darle vueltas y más vueltas. Leen los titulares y el resto de las noticias, se detienen en las fotos, llegan hasta la página de la programación de la televisión y se dedican a ver, cadena por cadena, señalando con el dedo, lo que echan por la noche.
        En ocasiones, no contentos con eso y con haber sobrepasado con amplitud los veinte minutos que obligan por cortesía a leer el periódico en voz alta, les da por volver a mojarse el dedo con la lengua y pasar las hojas hacia atrás, imagino que para leer lo que antes no han leído con suficiente detenimiento.
        Todo eso y más se soporta  con estoicismo y hasta con cierta actitud de benevolencia, porque el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero es moneda corriente que el uso lleva al abuso, con lo que el umbral de elasticidad se acerca peligrosamente al de ruptura y finalmente pasa lo que tiene que pasar, o sea, que se rompe.
        Esto es lo que ocurrió el otro día, cuando, después de tomarme dos vinos esperando mi turno, el usuario, que llevaba su media hora cumplida, sacó un bolígrafo de su bolsillo y se puso a hacer el crucigrama. Mis manos se crisparon sobre el vaso, que no estalló de auténtica casualidad. Recordé los ejercicios espirituales de mi juventud, al tiempo que me daba ánimos para la paciencia y el supremo control.
        En ésas estaba, cuando con toda la familiaridad del mundo se me dirigió y me preguntó:

-      ¿Historiador griego que termina en doto?

        Sobreponiéndome, sugerí:
-      ¿Herodoto?
-      No puede ser. Le faltan letras – advirtió con una sonrisa.
-      Es que lleva hache al principio – contesté.
-      ¡Ah! Ahora sí.

        Sin darme las gracias, volvió a sentarse con el periódico y reanudó sus tareas. Dudé en tomarme un tercer vino, pero lo deseché por aquello de que el alcohol alimenta la agresividad, y me marché con el firme propósito de comprar todos los días el periódico. El sistema nervioso tiene un precio, me dije. Por poco más de un euro podía resolver el problema.


                      Juan Manuel Campo Vidondo
       
       





viernes, 29 de julio de 2016

No estamos solos

        El Gran Wyoming ha escrito un libro en el que dice que no estamos solos en la lucha contra los que fabrican desigualdades y falsean la democracia, si bien nos previene que no es fácil porque el listón delictivo está muy alto, es decir, que hay mucho tajo, mucha tela que cortar.
        Parte de una idea ya conocida, cual es la doctrina del shock, que viene a significar que sembrando miedo entre la población se crea, se interioriza una indefensión que permite actuar al neoliberalismo con impunidad para privatizar, arrasar conquistas sociales y todo lo que se ponga por delante del mero individualismo. En resumen, que creando miedo se crea inhibición, desesperanza y, en consecuencia, inmunidad.
        Contra este estado, propone la doctrina del choco, que vendría a consistir en crear ilusión, alegría, cuestionar el poder, ponerlo patas arriba, reírse de él, en suma empoderar a la gente. De modo que, si la sociedad genera violencia o sumisión, de lo que se trata es de generar ludismo y creatividad.
        Pasa a hacer historia, recalcando que la Transición despolitizó a la sociedad, que se hizo de arriba hacia abajo con la amenaza y el miedo sobre la mesa. Ahora, lo que nos toca sería hacer autocrítica como sociedad, porque, simple y llanamente, nos hemos dejado engañar, y llegar a la conclusión de que, si no hacemos política, la harán en nuestro nombre.
        Según él, este sistema que fomenta la desigualdad lo que trata es de demostrar que todas las ilusiones de la izquierda no tenían sentido y que ha llegado el tiempo del sentido común, del que ha regido el mundo desde que es mundo. Se acabó el tiempo de los advenedizos y los intrusos. Los señores del dinero han vuelto a recuperar el terreno perdido.
        Ante esta situación, se plantea la eterna pregunta de ¿qué hacer?, y no responde con genialidades, sino con actitudes elementales, de andar por casa, al alcance de cualquiera: reivindicar el sí se puede, la idea de que el miedo ha de cambiar de bando, el uso del nosotros como forma de pensar y entender el mundo en sustitución del yo.
        Invita a reflexionar sobre la idea de que el miedo ha sido la gran arma del poder desde siempre, de manera que la primera condición para ser libres es perder el miedo. Plantearse de continuo ¿qué hacemos?, ¿qué estamos haciendo?, politizar el espacio público que deliberadamente se ha despolitizado, asumir la convicción de que la vida política se da en cada ámbito de decisión, de toma de palabra.
        Insiste una y otra vez en que la gente tenemos que espabilar y exigir calidad de vida, calidad de igualdad, calidad de sociedad del bienestar, calidad de dignidad, que no podemos dormir mientras nuestras camas están ardiendo, que pedir más libertad, más posibilidades, mejor reparto de la riqueza no son ideas del pasado ni utopías de psicópatas.
        La lectura del libro me dejó un eco de soledad y sentí que necesitamos nuestros poetas, nuestros artistas, nuestros filósofos. ¿Dónde están?


                                 Juan Manuel Campo Vidondo
                       



jueves, 14 de julio de 2016

Prometo mi voto

        Lo prometo y me comprometo. Por la memoria de mi santa madre, que en paz descanse.
        La proposición es sencilla: al partido o agrupación que se comprometa a poner una oficina en la que se me atienda personalmente las reclamaciones del gas, electricidad y teléfono, al estilo de las organizaciones de consumidores y usuarios, pero en plan político, le prometo mi voto, si no puede ser en estas elecciones en las siguientes.
        Esto viene a cuento de que el otro día me contó un amigo que de buenas a primeras le llegó una factura de gas de casi setecientos euros y que por poco palma del sofocón que le dio. En cuanto se recuperó, cogió el teléfono, llamó a la compañía en cuestión y una máquina que hablaba empezó a envolverlo con instrucciones: que si era o no cliente, que para qué llamaba, que tocase un numerito u otro según lo que quería… De tanto tocar botoncitos, se equivocó y la conexión se interrumpió.
        Tras desahogarse con unos cuantos improperios que alarmaron a la vecina del tercero, volvió a intentarlo tomando aire, inspirando y expirando con lentitud y profundidad al tiempo que daba órdenes mentales a su sistema nervioso para que se comportara a la altura de las circunstancias, que setecientos euros eran muchos euros.
        La máquina habladora se comportó como en la llamada anterior, sin inmutarse, dando las mismas instrucciones, respetando los tiempos. Cuando no hablaba, ponía una musiquilla que se suponía relajante. La cosa iba bien y ya casi había llegado al punto en que se iba a poner al teléfono un operario de verdad, de los de carne y hueso, pero en ese momento sonó el timbre del portero automático, se sobresaltó y debió toquitear la tecla que no era, habida cuenta que la conversación se reinició desde el principio.
         Dispuesto a no desanimarse así como así, sacó el paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo, aspirando y expirando a voluntad y satisfacción, viendo cómo las volutas de humo se movían por el aire. Dudó en acompañarlo con un Campari, pero el reloj le dijo que era temprano, demasiado temprano, y, además, aún tenía que coger el coche para ir a trabajar, de modo que no era plan.
        Terminado el cigarrillo, volvió a teclear el móvil por tercera vez con decisión y apostura, animándose con frases del tipo aquí estoy porque he venido, me llamo tal a mucha honra, peor lo pasé en el oral de las oposiciones y otras similares, si bien no pudo evitar un cosquilleo general por todo el cuerpo cuando pulsó el último botón. Sin embargo, ya se sabe que a la tercera va la vencida, la cosa fue bien, llegó sin problemas hasta el empleado personalizado, que lo atendió con amabilidad y, tras pedirle una buena batería de datos, le prometió que le comunicarían la resolución con prontitud.
        No obstante, de eso ya había pasado casi un mes y aún no había recibido nada de nada, ni que sí ni que no, ni a favor ni en contra, de forma y manera que anda llamando cada dos por tres a su sucursal bancaria para ver si le han cobrado. Un sinvivir.
        Me hago cargo de la desazón de mi amigo y no quiero que me pase a mí, que uno ya va cumpliendo años, está trasplantado de hígado, y expuesto a todo tipo de achaques propios de la edad, como para añadir sustos innecesarios que aumenten las tensiones coronarias, del páncreas, o del aparato urinario, que para el caso tanto da.
        Ya sé que los partidos hacen bien en preocuparse de la deuda pública, de los gastos necesarios y recortables, de la presión fiscal, de las pensiones y de mil cosas más, pero les agradecería que tuvieran en cuenta esas pequeñas cosas que nos pasan a los ciudadanos normales, que no pasarán a los libros de historia, pero que nos dan sustos de muerte y songratos evitables.
        No se me escapa que esto de los pactos está duro y crudo, pero digo yo que en este asunto, así a bote pronto, no sería difícil llegar a un acuerdo. ¿O sí?
        Reitero que mi voto lo tienen garantizado y, por descontado hablaré con mis amigos en el mismo sentido.
        Salud.
    

                              Juan Manuel Campo Vidondo
       

                        

lunes, 20 de junio de 2016

Diccionario Sampedro

        José Luis Sampedro es uno de esos hombres que cuando escriben parece que dicen ideas tan sencillas y evidentes que nos resultan hasta demasiado obvias, como que ya las sabíamos, que no hacía falta que nos las repitieran.
        Es uno de esos que defienden que las áreas de la ciencia son múltiples, pero el conocimiento es uno. Es de los que piensan que la vida es un conjunto unitario en el que se mezclan y confunden la economía y la música, la muerte y la vida, el arte y la barbarie, el miedo y la felicidad. Unifica sin aparentes problemas la libertad con los límites y la palabra con las fronteras, el compromiso con la utopía y el dinero con la democracia.
        Cuando yo estudiaba el Bachillerato, nos dividían en Ciencias y Letras. Los de Ciencias eran más listos y los de Letras, descontando a los que iban para abogados, nos conformábamos con apechugar lo que se podía en el escalón inferior. Sin embargo, para Sampedro arte y ciencia vienen a ser lo mismo. Para él nada es ajeno a la vida y nuestra misión en ella es simplemente vivir, vivir como unidad diferenciada y, al mismo tiempo, globalizada.
        Sampedro se me presenta como uno de los autores que hay que leer. Haciéndolo, nos encontramos con perlas como que uno está siempre comprometido; si se compromete porque se compromete y si no porque no se compromete. Ante una cuestión determinada o te mojas o no te mojas. O estás en la lista o estás entre los que no quieren estar en la lista.
        O que cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX no nos parecerá lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas.
        O que el tiempo no es oro, el tiempo es vida. Y reducir el tiempo a dinero es reducir la vida a dinero. Vivimos en una sociedad que da valor a lo que tiene precio en el mercado y no valora lo que no lo tiene: es confundir una economía de mercado con una sociedad de mercado.
        Nos obliga a pensar que cuando se habla de libertad siempre hay que preguntarse: ¿libertad para quién? La libertad no es lo mismo para unos que para otros. Para el poderoso es hacer lo que le dé la gana con los demás. Para el pobre, que le dejen vivir su propia vida sin reventar a nadie.
        Nos plantea que la libertad es como la cometa: vuela porque está atada. Y ese sentido del límite es uno de los valores que ha perdido esta sociedad. En la educación el no es fundamental. El fuerte quiere libertad para hacer lo que le parezca, mientras el débil quiere normas protectoras. La inmensa mayoría de las relaciones son relaciones de poder. El mercado no es la libertad: no hay sino ir al mercado sin un céntimo y comprobar dónde está la libertad de elección.
        Nos habla de que lo que más domina a la gente es el miedo y se trata de que cambie de bando, que lo tengan ellos. El sistema se ha vuelto ingobernable, pero la gente se aferra a él porque teme el cambio.
        A los que ya vamos cumpliendo años nos llama a no preocuparnos por la muerte, porque cuando estamos ella no está, y cuando ella está nosotros ya no estamos. Defiende que una vejez digna es una vejez que no mendiga, que se mantiene en su sitio, que se recluye en su soledad sin resquemores ni resentimientos. Sabe que la tragedia de la edad avanzada es que hablar de los amigos es como repasar una agenda de muertos. Por eso nos anima a vivir. Nuestra misión es vivir y nada más, vivir con imaginación y placer, que es a lo que más miedo tiene el dogma.
        Cada una de esas ideas es sugerente en sí misma, pero Sampedro se enfadaría si las copiáramos sin más. Nuestra misión es agitarlas, batirlas, mezclarlas y tomarlas a nuestra medida y para nuestra salud. Por mi parte, pienso hacer la prueba. Usted, querido lector, haga lo que bien le parezca, que para eso es su vida.


                              Juan Manuel Campo Vidondo




                    

lunes, 6 de junio de 2016

Licenciados en ciencias de bar

        No se exigen requisitos especiales para conseguir la licenciatura, incluso el doctorado, en esta materia de conocimiento, salvo, claro está, demostrar una cierta asiduidad y ser cumplidor con lo que se tome. Tampoco se precisa matrícula, ni libros de texto, ni fotocopias, ni los materiales complementarios habituales en otras áreas.
        Voluntad, ganas de participar y espíritu público. Con esas tres actitudes se puede pontificar de todo cuanto se oiga, se publique o se le ocurra a uno mismo: política local, regional y nacional, deportes, obras públicas, educación, sanidad, toros, medio ambiente… Nada queda fuera del ámbito opinable, aunque disertar sobre las capacidades y competencias de los pilotos espaciales y conductores de submarinos es terreno altamente especializado y no se atreve cualquiera. En estos días, se lleva mucho el asunto de elecciones y el de  corrupciones diversas, adornados con adjetivos descalificativos de amplia gama.
        La competencia se va adquiriendo con los años, se decanta como el posillo del café, se agudiza con el vino y la cerveza y brilla con luz propia con el gin tonic y los cubatas.
        Se requiere mayoría de edad, y también conviene un cierto dominio de las cuatro reglas, algo de geografía y gramática, mucho decir perdona cuando se interrumpe al otro, y alguna que otra invitación en la barra caso de disputa enconada. Poco más. A ser posible, manejo de Internet con móvil, para aclarar etimologías de palabras, distancias entre ciudades, medidas de lo que sea y, en definitiva, cualquier concepto que surja y no quede suficientemente claro para todos los intervinientes. Pese a todo, no es imprescindible.
        El número de ponentes y componentes de cada foro es variable, pero no se recomienda que pase de cinco o seis porque los discursos se interfieren y terminan resultando poco claros y hasta confusos. Esto, sin embargo, no invalida que cualquiera de los presentes se incorpore al mismo, habida cuenta que el bar es de todos y confiere derechos de uso.
        No obstante, debe señalarse que el advenedizo ocasional puede tener suerte o no, es decir, ser admitido como uno más o ser tratado despectivamente, lo que lleva casi inevitablemente a conclusiones no deseadas.
        En ocasiones, la rigurosidad en los planteamientos deja que desear e intenta compensarse con firmeza, apostura y argumentos de autoridad. Lamentablemente, aunque no habitual, pueden saltar a la palestra advocaciones ad hominem, siempre desagradables en sí mismas y por cuanto conllevan de malas caras y despistar el asunto central del debate.
        Hay que señalar que se aprende más si las ponencias tienen lugar en día de fiesta y con preferencia de las tardes a las mañanas. La experiencia demuestra que en tales circunstancias las ideas aparecen con mayor fluidez y consistencia.
        El tono, timbre y dicción de los protagonistas tiene su importancia en el desarrollo de los temas. Así, por ejemplo, la voz débil y aflautada suele convencer menos que las graves y sonoras.
        Con lo dicho, y con decir aquí estoy porque he venido, a triunfar. No hay más que verlo. Pásese por el que tenga más a mano y lo comprobará por sí mismo. No tenga miedo a que le suspendan. La cátedra acostumbra a ser generosa, por lo menos al principio. Caso de ser tímido, ejerza de oyente. Tiempo no le faltará para ejercitar con derecho. Como he leído por algún lado, es la vida misma con la que se encontrará, sin ensayos, a pelo. De hecho, las variantes son pocas y más de forma que de fondo.
        ¡Ánimo y suerte!
                        

                      Juan Manuel Campo Vidondo       



                     

domingo, 15 de mayo de 2016

En el bar

        Voltaire decía que el asunto de la historia es la vida misma, las costumbres y el espíritu de las naciones y los pueblos.
        ¿Puede dudarse que en los bares se desenvuelve y vive la historia? Los decretos, las leyes, la micro economía , el sentimiento de la vida, las esperanzas y los miedos, aparecen en los vasos de vino, en las partidas de cartas, en los comentarios a la televisión, en las conversaciones en voz alta, a grito pelado, y en las confidenciales susurradas al oído.
        En el bar la filosofía se hace carne, se humaniza; la política social queda interpretada al nivel de cada parroquiano; los efectos de la gran economía se notan en las consumiciones; los números de las estadísticas respiran.
        Es el espacio donde suelen escasear las ideas, donde dominan las creencias y las lealtades, lo mismo a un equipo de fútbol que a un partido político, donde lo sentimental se impone a lo racional.
        La vida, influenciada y perturbada por la política, fluye por debajo de ésta con relativa autonomía y se constituye en la sustancia verdadera de la historia, la que se vive, la que uno se puede permitir.
        El bar, contra su propia definición, casi siempre pertenece a la esfera privada. Lo que en él se hace y se dice no sirve para las leyes exteriores. Es la casa sin hijos, sin mujer, sin suegra. Las formas sociales se esparcen, los clientes se ven y los ven como personas definidas por sus proyectos y sus limitaciones, conformadas entre su condición y su situación, entre su ser y su estar, entre lo que uno es y cómo le va.
        Los días cotidianos, monótonos y singulares, llegan a ser intensos y atractivos con la fácil comunicación que propone el ambiente. La conversación se vuelve espontánea y amena, los protagonistas encuentran marco y público. A veces, aletea la alegría de vivir, algo parecido a la felicidad. Otras veces se parecen demasiado a la antesala de la muerte. Siempre se asemejan a nosotros mismos.


                               Juan Manuel Campo Vidondo

lunes, 9 de mayo de 2016

Mano de santo

        ¿A quién voy a contar nada que no sepa ya sobre las insistentes llamadas telefónicas que nos invaden a todas horas y nos ofrecen agua, luz, gas, calzoncillos y lo que se tercie? Aburridos que estamos.
        Pues bien, ayer mismo, recién despertado de la siesta y a punto de tomar el café, sonó el teléfono fijo. Dejé que timbrara las cuatro veces que suelen ser costumbre antes de que llamen al siguiente, pero seguía sonando, de modo que cuando llegó a la decena pensé que igual me estaba equivocando, que podía ser un familiar, un amigo, una ex novia, o qué sé yo, y descolgué.
        Una voz femenina, cálida y sensual, pronunció mi nombre en interrogante con una cadencia seductora, a lo que respondí aún trascordado que sí, que era yo mismo. A renglón seguido, se puso a informarme que se trataba de una bodega de vinos, cavas y espirituosos, que me los ofrecía a precio casi como de favor, por quitárselos de encima, porque eran para mí.
        Yo me dejaba arrastrar por aquella melodía que me sugería placeres insospechados y a mi alcance, hasta que me di cuenta que iba por el mismo camino que los del gas, y le solté que se lo agradecía de verdad, que no dudaba de la calidad, que hasta me gustaría conocerla y tomarnos unas copitas juntos a nuestra mutua salud, pero que por desgracia estaba trasplantado de hígado y aquello no era para mí, que ya me gustaría pero que no, que la médico me iba a poner muy mala cara.
        Lo entendió, creo, y se despidió con delicadeza. Una lástima, pensé.
                          

                              Juan Manuel Campo Vidondo